El lenguaje como campo de batalla. La zoologización del peronismo.

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A mediados de la década del sesenta, el sociólogo alemán Norbert Elías, junto a su discípulo John Scotson, publicaron un estudio alumbrador respecto de los comportamientos de segregación entre grupos humanos.  Ese libro se tituló Establecidos y marginados. Una investigación sociológica sobre problemas comunitarios. En ese texto, ambos investigadores estudiaron el caso de Winston Parva, un conglomerado de casas para trabajadores industriales de la localidad inglesa de Leicestershire, donde se registraba un profundo proceso de discriminación hacia el interior del mismo barrio. 

En palabras del autor, la situación era la siguiente: “El recuento de una comunidad suburbana muestra una división tajante en su interior entre un grupo establecido hace mucho tiempo y un grupo más nuevo de residentes, a cuyos miembros el grupo establecido trataba como marginados. Este grupo cerró sus filas en contra de ellos, y por lo general, ponía sobre ellos el estigma de personas de menor valor humano; se consideraba que carecían de la virtud humana superior –el carisma característico del grupo- que el grupo dominante se atribuía a sí mismo”.

Continuando con el trabajo, Elías escribe: “Es posible observar, una y otra vez, cómo los grupos que en términos de poder son más fuertes que otros grupos interdependientes se consideran a sí mismos mejores que los otros en término de humanidad”. Y a partir de esa premisa establece una sería de precisiones que nos sirve para extrapolar a un esquema conceptual político. Según el trabajo, las personas “superiores” pueden hacer que aquellas menos poderosas sientan que carecen de virtud y que son inferiores en términos humanos. En el caso estudiado se demuestra como las viejas familias del barrio se consideraban mejores y trataban a todos los recién llegados como personas que “no pertenecían” a la comunidad, como si fueran “forasteros”. 

Lo curioso, es que según los resultados de la investigación no había diferencias raciales, económicas, religiosas ni culturales, la única variable que permitía explicar esta actitud relacional era la característica de ser viejo o nuevo residente en el barrio de ese suburbio. En eso se basaba el “arsenal completo de superioridad y desprecio”. Es decir que, siempre, en palabras de Elías, en este trabajo “era posible observar las limitaciones de cualquier teoría que sólo explique los diferenciales de poder a partir de una posesión monopólica de objetos no humanos como armas o medios de producción, y que ignore los aspectos figuracionales de los diferenciales de poder que sólo se deban a los contrastes en el grado de organización de los seres humanos involucrados. Y en el caso estudiado la superioridad del poder se basaba en el alto grado de cohesión de las familias que se habían conocido por más de dos o tres generaciones en comparación de los recién llegados. “La exclusión y la estigmatización de los marginados a manos del grupo establecido fueron, por lo tanto, armas poderosas que éste último utilizó para conservar su identidad, afirmar su superioridad y mantener a los otros firmemente en su lugar”, explica el sociólogo.

Sin hacer extrapolaciones disciplinarias, de la sociología a la política, por ejemplo, me interesa utilizar como metáfora y por qué no como marco o modelo de análisis el trabajo de Elías para pensar la historia argentina. La tesis central de este trabajo es que el peronismo más allá de sus cualidades, defectos y virtudes, y funcionalidades o significacias, fue posicionado como “el extranjero en el sistema político argentino, como el “forastero”, en términos de Elías, como “bárbaro” en el léxico sarmientinos, o simplemente como el Otro en el lenguaje de los post-estructuralistas franceses.

Por supuesto que la condición de “extranjero” no tiene ningún valor en sí mismo fuera del sistema relacional entre establecidos y marginados, que no reviste ninguna cualidad, ninguna valoración ni connotación positiva. Es solo una descripción de lugar que podría explicar la estigmatización permanente sobre “lo peronista”. Retomando el esquema de Elías, lo que visualizamos en el “sistema cultural” argentino –que incluye el recorrido histórico de un complejo construido por valores, principios, prejuicios, pautas actitudinales, intereses políticos económicos y sociales, por marcos ideológicos, prejuicios instalados, es decir, una forma de percibir la argentinidad pero sobre todo en el terreno de batalla del lenguaje- es la instalación de una relación de “superioridad” moral y estética que no se concibe demasiado con la realidad.

“Lo peronista” se visualiza y se manifiesta en el lenguaje político como lo marginal permanentemente: feos, sucios y malos no importa su condición real. Corruptos, inmorales, oportunistas, advenedizos, autoritarios, antirepublicanos, violentos, chorros, impresentables, incorregibles, bárbaros, son algunos de las cualidades que se utilizan como parte de una definición extensional de esa identidad. Y si hay un concepto que engloba “lo peronista” como ningún otro es el de “negro de mierda”.

La cuestión de la Otredad es medular en la construcción del sistema cultural de la Argentina de la Organización Nacional –proceso que se inicia en 1862 y qué continúa abierto gracias a sus reorganizaciones permanentes-, de aquí en más, la Argentina Establecida. El lenguaje está allí, parafraseando (o manipulando) a Wittgestein para marcar los límites del mundo. La frontera se traza con el lenguaje que deshumaniza: “negro de mierda”, dice cualquier ciudadano y allí establece la tranquera de una Argentinidad. El principio esencial sobre el que está fundamentada la estructura de legitimidad política, económica, social y cultural de la Argentina Establecida es el supremacismo. Sin ese elemento no hay otra variable que justifique el establecimiento de una elite criolla por encima de las mayorías. 

La operación de “civilización y barbarie”, más allá de intenciones del propio Sarmiento, el desprecio a los pueblos originarios y al mestizaje, fueron reforzados por las teorías y los discursos positivistas de fines del siglo XIX –abrazadas oportunamente por la intelectualidad orgánica de la Generación del 80- para justificar una condición de “superioridad”, en palabras de Elías, que no se verificaba en las cualidades concretas de esa minoría aventajada económicamente gracias a las dádivas del sistema colonial, a los beneficios del contrabando y la apropiación indebida de tierras –a través de las oscuras leyes de enfiteusis y el alambrado injustificado de grandes extensiones- a las que estaba acostumbrada. No fue la nobleza de origen. No fue la sangre azul. No fue un pasado glorioso. Ni las grandes tradiciones las que formaron esa “superioridad”. Fueron las mañas y las picardías las que colocaron en posición dominante a una elite que necesitó un discurso proveniente del darwinismo social spenceriano y el supremacismo para justificar y sostener esa misma posición. 

Pero hay una pregunta para hacer: ¿Por qué la elite criolla que construyó la Argentina Establecida no lo hizo sobre parámetros de inclusión económica y homogeneización social y apenas distribuyó derechos civiles y sólo estableció -nobleza obliga reconocerlo- a la educación pública como herramienta igualitaria? La razón es exclusivamente económica.

El historiador británico Erick Hobsbawm explica en su libro “Naciones y nacionalismos” que las naciones, en las formas en que las conocemos, son construcciones del siglo XIX, pero, además, que la palabra “nación” misma está pensada desde el siglo XVIII. Esto nos coloca en un cruce de conceptos: la palabra “nación” y su uso está en función de una palabra que también surgió “políticamente” en el siglo XVIII que es el término “civilización”. En este sentido, el límite a la “nación” es la “civilización” en tanto, no lo salvaje, sino el oscurantismo monárquico, religioso, feudal. Según este marco, forman parte de una “nación” aquellos que estamos inmersos en una “civilización” que está en contra del viejo régimen. Esta conceptualización será importante tenerla en cuenta cada vez que pensemos en Sarmiento.

El segundo factor que analiza Hobsbawm es que no se trata de una unidad primaria como un clan, una familia, un lugar sino, por el contrario, es una construcción compleja, variable. “Es el nacionalismo el que crea las naciones”, escribe. Primero emerge la idea de nación y luego la creación del Estado nación. Y agrega que solo surge en una etapa del desarrollo capitalista, en cuanto una comunidad alcanza un determinado desarrollo económico capitalista. Pero, al mismo tiempo, nos alerta para que no seamos simplistas en nuestra mirada: son construcciones desde arriba pero significan desde abajo, esas significaciones son las que legitiman la construcción de esa nación. Lo que sugiere Hobsbawm es que la nación es hija del mercado y el Estado nación, según la teoría liberal, genera la competencia internacional necesaria para que se desarrolle el capitalismo. ¿Por qué? Porque el Estado nación garantiza dos cosas: seguridad y defensa de la propiedad privada.

Más allá de la discusión sobre el constructivismo de las naciones –no me interesa entrar en ese debate ahora- resulta útil tener en cuenta que un Estado Nación es hijo de las condiciones materiales y culturales surgidas de una fase o de un estadio del sistema capitalista: el siglo XIX. Y ese momento histórico presenta una división internacional del trabajo sobre el que se fundan y organizan las naciones. Los países europeos, entonces, forjan sus nacionalidades al calor de los hornos de las fundiciones de la Revolución Industrial, sus burguesías –más allá de sus luchas de clases- construyen Estados naciones bajo la necesidad de mano de obra y consumidores para sus mercados internos. Los adversarios de la burguesía alemana no son solos los trabajadores alemanes sino la burguesía francesa. Hay una necesidad de incorporación a los mercados de esas mayorías muertas de hambre que tan bien describen las novelas de Víctor Hugo, Emile Zolá y Charles Dickens, entre otros.

En América Latina, la construcción de los Estado nación se encontraba demasiado lejos de las revoluciones industriales. Y la Primera Modernización, sobre la que se asentó la Organización Nacional, encontró a la Argentina cómoda en la división internacional del trabajo que la colocaba como productora de materias primas, en especial carnes y cereales. El modelo agroexportador, entonces, necesitaba muy poca mano de obra y muchos menos consumidores de los que trabajaba. La suerte de la elite económica criolla –terrateniente y no burguesía industrial- no competía contra otras burguesías nacionales, simplemente las necesitaba como complemento. Pero de lo que sí podía prescindir era del mercado interno, de las mayorías argentinas. Las burguesías europeas, para legitimarse como clases dirigentes, debían competir contra otras burguesías, construir “otredad” fronteras afuera de sus propios países. La oligarquía argentina, para legitimarse, debía construir una “otredad” puertas adentro. Y la herramienta más a mano que encontró fue el supremacismo.

Pero ese supremacismo, en términos políticos, la elite de la Argentina Establecida, como en el caso de los barrios descritos por Elías, tampoco encontró elementos “diferenciales” ni morales ni raciales ni ideológicos ni sociales para establecer una superioridad respecto de las nuevas elites políticas, tanto en el yrigoyenismo como en el peronismo. De hecho, durante algunos años, desprendimientos de las antiguas familias tradicionales se entremezclaron con los sectores ascendentes, típicos de todo proceso de modernización y ascenso social. Y si bien había algunas pautas culturales diferenciales que uno podría atribuir a los procesos de capitalización simbólica definidos por Pierre Bourdieu en su estudio La distinción en el momento del choque de los procesos de modernización –las primeras décadas del Peronismo, por ejemplo  con el correr del tiempo se volvieron mínimas –sobre todo con el proceso de maridaje de las viejas familias de origen vasco con la ascendente burguesía de origen italiano- y aquella pureza de formas aristocráticas fue perdiendo encanto. El momento cúlmine de ese proceso fue el encantamiento recíproco que ambas elites –la tradicional y aquella surgida del Peronismo- se encontraron en la segunda estrategia de hegemonización política o civilizatoria –ya hablaremos de esto más adelante- que un sector de la dirigencia peronista intento durante el menemismo.  Por lo tanto, podría llegarse a una tenue conclusión en la que sería lícito afirmar que el gran valor de la elite criolla no es más que el afincamiento previo –como los viejos pobladores del barrio de los suburbios de Leicestershire- respecto de la intención de establecerse en el proceso civilizatorio argentino. Y una política del lenguaje dispuesta para llevar adelante una dominación hegemónica

La política no sólo se entiende y se define por el conflicto de intereses económicos sino también por formas relacionales de conductas grupales y particulares. Y, porque, además, las conductas sociales también influyen sobre las decisiones individuales, tanto en política en el nivel de las elites como en el de los grupos subalternos que elaboran estrategias de supervivencia y de desarrollo individuales. En función de esto, la estigmatización de “lo peronista” influyó no sólo en el abroquelamiento de los sectores dominantes sino también en los deseos aspiracionales de las clases medias “blancas” que pactaron y aceptaron, previamente al surgimiento del Peronismo, la conducción del proceso de Organización Nacional y sus reorganizaciones posteriores.

Un párrafo que me merece prestarle mucha atención en el trabajo de Elías es aquel en el que profundiza los mecanismos de esa estigmatización: “Los marginados se experimentan como anómicos. El contacto cercano con ellos, por lo tanto, se considera desagradable. Ponen en riesgo las defensas inherentes del grupo establecido contra el quebrantamiento de reglas y tabúes comunes, de cuyo cumplimiento depende tanto la posición de una persona entre sus congéneres dentro de un grupo establecido, como su respeto por sí misma, su orgullo, su identidad como miembro del grupo superior. El hecho de que los establecidos cierren sus filas cumple, sin dudas, la función social de preservar la superioridad de poder del grupo”. 

No es casual que la palabra que más se utiliza para describir los sentimientos hacia lo estigmatizado dentro de la sociedad argentina sea el término “asco”. “Asco” sentían los porteños ante las prácticas “anómicas” de los gauchos, “asco” sentían los autores del diario La Fronda ante el pensamiento y la acción política de “los negroides” durante el gobierno de Hipólito Yirigoyen, “asco” sienten hacia los “negros de mierda” del Peronismo, “asco” sienten ante las cucarachas kirchneristas y “asco” provocan los orcos que quieren oponerse al enésimo intento de reorganizar la nación de la Argentina Establecida en la actualidad. Y como el sentimiento que deben acrecentar es justamente el del “asco” es que utilizan significantes escatológicos y alimañas para describir a sus opositores. Los nazis, por ejemplo, eligieron el significante de “rata” para referirse a los judíos que después exterminaron por millones. 

En concordancia con este planteo, Javier Flax, en El dispositivo discursivo de poder y creencias neoliberal y el método genealógico como crítica de la ideología, expresa que 

“Desde que a principios del Siglo XX las organizaciones de los sectores populares conquistaran los derechos políticos en diferentes países a través de sus diferentes experiencias históricas, los sectores dominantes de la sociedad fueron generando diferentes argucias para mantener sus privilegios, conservar sus propiedades y aumentar su rentabilidad. Desde que la irrupción de la democracia de masas, como democracia constitucional, los sectores privilegiados buscaron el modo de manipular la opinión pública mediante la instalación de creencias funcionales a sus intereses. 

Precisamente, Edward Bernays –gurú de la propaganda política y comercial, que convirtió a la política en una mercancía comercializable– comienza su libro Propaganda -publicado en el año 1928- con la siguiente enunciación: “La manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones organizados de las masas es un elemento de importancia en la sociedad democrática. Quienes manipulan este mecanismo oculto de la sociedad constituyen el gobierno invisible que detenta el verdadero poder que rige el destino de nuestro país. Quienes nos gobiernan, moldean nuestras mentes, definen nuestros gustos o nos sugieren nuestras ideas, son en gran medida personas de las que nunca hemos oído hablar” (Bernays, 2016, p. 49). Más adelante agrega: “La minoría ha descubierto que influir en las mayorías puede serle de gran ayuda. Se ha visto que es posible moldear la mente de las masas de tal suerte que estas dirijan su poder recién conquistado en la dirección deseada… La propaganda es el brazo ejecutor del gobierno invisible” (Bernays, 2016, pp.63-64).

Y parte de esa manipulación mediática se realiza para construir una nueva forma de relación de subordinación. Elías lo plantea, en términos políticos en su libro Establecidos y forasteros, y por supuesto ese vínculo no puede ser definido como simple dominación si no que está atravesado por el concepto de “hegemonía” de Antonio Gramsci, que, como bien explica Carlos María Cárcova –citado por Javier Flax-significa: “el modo a través del cual un grupo socialdeterminado, consigue presentar como universales, los que son sus propios intereses particulares, obteniendo así consenso y asegurando el establecimiento o la reproducción de su situación históricamente dominante. La ideología, es solo una parte de la hegemonía y los aparatos de hegemonía serán todas las instituciones intermedias entre el Estado y la economía, esto es, la familia, la escuela, los medios de comunicación, los sindicatos, las iglesias, etc. Que permiten el ejercicio del poder a través de la producción del consenso, lo que Foucault llamará, más tarde, disciplinamiento o “normalización”. La cuestión de la hegemonía, entonces, plantea la pregunta crucial acerca de cómo podrá confrontarse el poder, cuando él se ha transformado en “sentido común”, cuando circula en nuestras prácticas cotidianas y se halla inscripto en la propia textura de nuestra experiencia, en vez de percibírselo como opresivo y ajeno.” 

En el caso que se analiza respecto del peronismo, hay que agregar que ese sentido común está atravesado por el uso del lenguaje como campo de batalla. José Pablo Feinmann en su libro La sangre derramada recordó: “Frantz Fanon describe –como fenómeno fundante de la posibilidad de la violencia; como fenómeno, digamos, sin el cual la violencia no sería posible, la deshumanización del castigado por el castigador. El que ejerce la violencia, para justificarse tiene que demostrar que el padeciente no pertenece a la condición humana. Escribe Fanon: el lenguaje del colono, cuando habla del colonizado, es un leguaje zoológico”.

Ese lenguaje zoológico ha sido utilizado permanentemente por los dispositivos culturales de la elite criolla que hegemonizó la construcción y el liderazgo del Estado Nación y marcó las pautas culturales (Arturo Jauretche las describió a la perfección en El medio pelo en la sociedad argentina). La deshumanización explícita de las palabras que el diputado radical Ernesto Sanmartino utilizó para denominar a las masas de trabajadores que realizaron el 17 de octubre de 1945 fueron solo el puntapié inicial de un largo encadenamiento de desprecios supremacistas: como un “aluvión zoológico” describió a los manifestantes de esa jornada histórica.

Desde esa zoologización primera del peronismo hasta la conversión de los kirchneristas en “Kukas” y de allí en “Kukarachas”, se extiende un campo de batalla lingüístico que marca no sólo las formas de la segregación –como es la operación de “extranjerización” según el modelo de Norbert Elías- si no que también extiende las fronteras de lo posible en el uso de las violencias de las cuales ha sido víctima la militancia y la dirigencia del peronismo a lo largo de sus casi ochenta años de historia. Este trabajo ha intentado demostrar cuáles y por qué fueron algunos de los mecanismos por los que se produjo la estigmatización del peronismo –no hemos entrado en las características estrictamente políticas, económicas e ideológicas sino simplemente de funcionalidad hacia el interior del proceso de formación del Estado Nación- y de qué manera, a partir de la decisión política de “extranjerizar” al peronismo, se utilizaron las herramientas del lenguaje para constituir las marcas necesarias en la sociedad capaces de construir pautas de comportamiento al interior del proceso de construcción de argentinidad misma a lo largo de más de un siglo de desprecio de las formas políticas que adopta lo popular en nuestro país. 

Bibliografía

Elias, Norbert y Scotson, John L.: Establecidos y Marginados. Una investigación sociológica sobre problemas comunitarios. Fondo de Cultura Económica, México, 2016.

Feinmann, José Pablo. La sangre derramada. Editorial Ariel, Bs As, 1999.

Flax, Javier, El dispositivo discursivo de poder y creencias neoliberal y el método genealógico como crítica de la ideología.

Hobsbawm, Eric. Naciones y nacionalismo desde 1970. Crítica, Barcelona, 2000.

Jauretche, Arturo: El Medio Pelo en la sociedad argentina. Ed. Peña Lillo, Bs.As., 1976.