Facundo Quiroga: El paladín nacional y popular

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El Primer arquetipo de la argentinidad fue literario. Hablo, por supuesto, del libro Facundo, publicado por Domingo Sarmiento en 1845, en el exilio, mientras gobernaba estas tierras Juan Manuel de Rosas. El personaje “recreado”. “reinventado”, por el escritor sanjuanino tiene todas las condiciones formales de un arquetipo nacional y por lo tanto delimita la cuestión nacional: explica a su pueblo y a su geografía y determina un destino manifiesto. Quien se adentra en sus páginas reconoce en la imagen de Facundo cierto “espíritu de la tierra”. En él se asume América con su condición barbárica, su exuberancia, su salvajismo, su condición de “anti-nación”. Es encarnación y asunción, no originaria sino política. Facundo no es indio, no es hijo natural de estas tierras desde antes de la llegada de los europeos. No es un buen salvaje, en ese sentido, sino una confluencia, el producto complejo del cruce de líneas entre lo originario y lo civilizatorio, Facundo es resultado, es emergente de un sistema político determinado: la barbarie, como diría Sarmiento, el caudillismo, o como diría Juan Bautista Alberdi, la “democracia bárbara”. 

¿Cuál es la razón por la que Domingo Sarmiento elige escribir sobre el caudillo riojano, por momentos, con fascinación, con admiración, casi la misma que siente por esa América de la cual él mismo es hijo exuberante? ¿porque en su operación cultural debe oponer al modelo barbárico –el de Facundo- con el verdadero adversario de la “Civilización” que no es otro que el de Rosas, quien sí es para Sarmiento, una deformación de la civilización, un sistema “a mitad de camino”, un “Quasimodo” político?

Pablo Ansolabehere, en su texto Escrituras de la Barbarie (Historia crítica de la literatura argentina, volumen 4) explica que “Sarmiento no inventa la fórmula; como tantas otras cosas, proviene de Europa. El término ´civilización´ empieza a ser usado en Francia durante el siglo XVIII, como sinónimo de civilidad, progreso, cultura y casi inmediatamente encuentra en ´barbarie´ su contrapartida (…) En Facundo, Sarmiento se propone hacer un uso intensivo de este par conceptual antagónico para examinar la historia de la República Argentina, sus costumbres y tipos sociales, lo cual consistirá en ir identificando y distribuyendo, a un lado y al otro, sus heterogéneos componentes: Buenos Aires/Provincias, la ciudad/el desierto, Europa/América, el mundo moderno/la Edad Media, Mayo/el Virreinato, progreso/estancamiento, Rivadavia/Rosas, el General Paz/Facundo Quiroga, el conocimiento y las luces/la ignorancia y la oscuridad, el libre comercio/el monopolio, los colonos escoceses/el gaucho argentino. (…) No le molesta (a Sarmiento) el esquematismo de la dicotomía y trata de aprovechar al máximo sus virtudes pedagógicas. Al fin y al cabo se trata de una guerra (y, como se sabe, la guerra propicia los antagonismos), donde uno de los mundos enfrentados (la civilización) deberá imponerse sobre el otro (la barbarie), circunstancialmente en el poder”.

El Facundo de Sarmiento ofrece una explicación sobre la patria a partir de un personaje complejo y contradictorio como el caudillo riojano. Se trata de una gran operación cultural, quizás la más importante de la historia argentina porque influye en los debates posteriores y marca la cancha a todos los arquetipos que vendrán después: todos intentarán ser “anti-Facundos” –en el sentido de creación sarmientina- o reivindicar a la barbarie como fecundadora de arquetipos nacionales vinculados a lo popular –es decir, reposiciones de lo gaucho y lo plebeyo-. En este sentido, Sarmiento es el culpable, entre otras cosas, al poner lo “civilizado” como modelo –y en tanto civilizado, europeo, extranjero, neocolonial- de empujar a lo nacional hacia el rescate de lo barbárico. Después del libro del sanjuanino, pero sobre todo luego de la victoria del liberalismo conservador mitrista –con todas sus complejidades y contradicciones- los arquetipos nacionales y populares quedaron condenados a ser contraculturales, a desconfiar del Estado, de la policía del régimen, a “un pobre individualismo”, como diría acertadamente Jorge Luis Borges. En la dicotomía civilización o barbarie, el pensamiento nacional y popular se asume como barbárico.

Pero no todo es lineal en la escritura del sanjuanino: el subtítulo que Sarmiento propuso para el Facundo no fue Civilización o Barbarie sino Civilización y Barbarie. Es en esa “Y” donde hay implícita una posibilidad de reconciliación que ni siquiera el autor imagina. La “O” es exclusivista y determinante, la “Y”, en cambio, es inclusiva y permite la convivencia e incluso la fundición. Argentina puede ser ambas cosas al mismo tiempo: civilizada y barbárica, puede ser integrada, unificada, lo civilizado puede ser barbárico y viceversa, y ambos términos pueden preñarse mutuamente y engendrar una nueva forma de restablecer una supuesta unidad anhelada. La “O” permite sospechar la posibilidad de la masacre permanente; la “Y” supone, más tarde o más temprano, la probabilidad de una síntesis. 

Pero más allá de esta digresión, Sarmiento va a ir más allá. Hablará de la necesidad, por primera vez explicitada por un escritor de la clase “decente” argentina, de una alianza estratégica con las grandes potencias del mundo, aberración para nacionalistas de todo tipo, pero perfecta demostración de la máxima “civilización y barbarie”. Y va a referirse como protagonista de esa alianza. La cita es extensa, pero fecunda:

“Hablo de la alianza de los enemigos de Rosas con los franceses que bloqueaban a Buenos Aires, que Rosas ha echado en cara eternamente como un baldón a los unitarios. Pero en honor de la verdad histórica y de la justicia, debo declarar, ya que la ocasión se presenta, que los verdaderos unitarios, los hombres que figuraron hasta 1829, no son responsables de aquella alianza; los que cometieron aquel delito de leso americanismo; los que se echaron en brazos de la Francia para salvar la civilización europea, sus instituciones, hábitos e ideas en las orillas del Plata, fueron los jóvenes; en una palabra: ¡fuimos nosotros! Sé muy bien que en los Estados americanos halla eco Rosas, aun entre hombres liberales y eminentemente civilizados, sobre este delicado punto, y que para muchos es todavía un error afrentoso el haberse asociado los argentinos a los extranjeros para derrocar a un tirano. Pero cada uno debe reposar en sus convicciones, y no descender a justificarse de lo que cree firmemente y sostiene de palabra y de obra. Así, pues, diré en despecho de quienquiera que sea, que la gloria de haber comprendido que había alianza íntima entre los enemigos de Rosas y los poderes civilizados de Europa nos perteneció toda entera a nosotros. Los unitarios más eminentes, como los americanos, como Rosas y sus satélites, estaban demasiado preocupados de esa idea de la nacionalidad, que es patrimonio del hombre desde la tribu salvaje y que le hace mirar, con horror, al extranjero.” 

“Esa idea de la nacionalidad”, dirá con desprecio Sarmiento, respecto de los viejos unitarios y los federales. Es decir, son los nuevos liberales cómo él, los románticos, la “nueva generación” la que se desprende de la nación, ese “patrimonio del hombre desde la tribu salvaje”. Desnuda si verdadera pretensión este Sarmiento -habrá otros Sarmientos más fecundos en las décadas del 70 y del 80- pero éste, aún, está obnubilado con la fe de construir una Europa en América. Y él mismo desnuda sus pretensiones: 

La juventud de Buenos Aires llevaba consigo esta idea fecunda de la fraternidad de intereses con la Francia y la Inglaterra; llevaba el amor a los pueblos europeos, asociado al amor a la civilización, a las instituciones y a las letras que la Europa nos había legado, y que Rosas destruía en nombre de la América, sustituyendo otro vestido al vestido europeo, otras leyes, a las leyes europeas, otro gobierno, al gobierno europeo. Esta juventud, impregnada de las ideas civilizadoras de la literatura europea, iba a buscar, en los europeos enemigos de Rosas, sus antecesores, sus padres, sus modelos; apoyo contra la América, tal como la presentaba Rosas: bárbara como el Asia, despótica y sanguinaria como la Turquía, persiguiendo y despreciando la inteligencia como el mahometismo. (…) En Montevideo, pues, se asociaron la Francia y la República Argentina europea para derrocar el monstruo del americanismo hijo de la pampa”

Nadie podría haberlo dicho mejor que Sarmiento. Allí se encuentran frente a frente la “República Argentina Europea” y el “Monstruo del Americanismo”. Aquí está explicitada la grieta de todas las grietas, la “madre de todas las zonceras”, como dirá Arturo Jauretche, un siglo más tarde. Sarmiento, fue un combatiente, un convencido, un militante, un hombre de fe, que arremetió a punta de sable con sus ideas. Para imponer su modelo, debió construir un monstruo que representara lo americano, lo popular, lo auténtico. Como buen escritor romántico diseñó un héroe que representara el espíritu de su tierra. Como el pequeño carasucia de Gavroche, de Los Miserables de Víctor Hugo, o el Ivanhoe, de Walter Scott, el Parzival wagneriano o el gascón Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand, el Facundo intentaría personificar las características y cualidades de una patria flamante. Pero Sarmiento era un romántico europeo. Amaba más a los héroes de lo que el soñaba como una límpida civilización que al producto genuino de su propia tierra americana. Y Facundo era un signo de todo lo que Sarmiento despreciaba: la contradicción, la mezcla, lo plebeyo, lo exuberante, lo desmedido. Facundo era el “hedor” de América, como diría Rodolfo Kusch. Un hedor que contaminaba los deseos imaginarios de una Argentina blanca y perfumada que Sarmiento delineaba en sus textos contradictorios y brutales como la barbarie que decía combatir pero que corría por venas: Sarmiento también era un Quiroga.