Francescoli y Morresi

PUBLICADO

EN

EL

Mariano era flaquito, petiso y con el pelo siempre despeinado. Tenía una gambeta endiablada y decía que jugaba de diez. Decía, porque en un potrero como el de Pringles, entre Lezica y el puente del tren, decir que uno era diez era más que una presunción un rasgo de esperanza. Yo era alto, flaco, desgarbado, jugaba de delantero pescador, no era muy habilidoso pero tenía buen cabezazo y buen pie para definiciones chanfleadas. Nos habíamos hecho amigos como se hacen amigos los pibes de trece o catorce años del barrio: agarrándonos a trompadas en los desafíos que se hacían en el Parque Centenario los sábados a la mañana. Y él entró en la barra de pibes que parábamos sobre el “infranqueable” puente de Pringles a los quince días, cuando las broncas por una patada de más o una mirada espesa se habían apaciguado.

Nos hicimos definitivamente amigos una tarde sofocante de diciembre de 1985 cuando apareció con una camiseta de River que le quedaba chica, la usaba desde que tenía doce años, justificó, “porque mis viejos no tienen guita para comprarme otra”. Mariano vivía del otro lado de las vías, en una casa tomada, y por aquellos años, vivir del otro lado de las vías significaba el desierto o más allá de la civilización. Morocho, obvio, con sonrisa todavía sin malicia, me preguntó si yo no le regalaba la camiseta de River que yo llevaba puesta. Acostumbrado a los gestos solidarios por unos padres que habían militado en el peronismo en su juventud, me saqué la remera, se la di y me quedé en cueros. Me quedé en cueros pero con un amigo que iba a ser un hermano mientras estuvimos juntos. Obviamente, cuando mis padres se enteraron de mi gesto de desprendimiento, corrieron orgullosamente a comprarme otra camiseta de River. Y quizás, alguna vez tendré que confesarlo, regalé mi camiseta sabiendo que iba a recibir el premio de parte de mis viejos.

Cuando comenzó el año 1985, ya andábamos Mariano y yo caminando juntos por el barrio los dos con “mis” camisetas de River haciendo gala. A Mariano, los pibes insistían en llamarlo “Maradona” por lo bueno que era jugando. Pero él se negaba a ese apodo. Argumentaba que no era bostero, que era de River, y que prefería que lo llamaran de otra forma. Claro que cuando los argumentos no alcanzaban, lo explicaba de forma más contundente y los hacía entrar en razones. Siempre jugábamos en el mismo equipo. Se sabe, en el pan y queso las elecciones de jugadores se hacen por dos razones: por calidad de juego o por cercanía afectiva. A Mariano lo elegía siempre primero. Y una vez elegido imponía mi nombre como delantero bajo la amenaza de no jugar e irse a su casa si no me incluían. Yo sentía, por un lado, orgullo por el gesto de indudable amistad, pero al mismo tiempo experimentaba cierto descontento porque nunca me elegían por mis capacidades futbolísticas.

No era que no tuviera cualidades futbolísticas. Pero evidentemente era mejor amigo que jugador de potrero. No estaba mal, tampoco. Encontrar un buen amigo en la adolescencia es un tesoro en esos tiempos turbulentos. Como decía la canción “un puente sobre aguas turbulentas”. A esa edad, descubrimos lo que verdaderamente queremos ser en otros pibes. Y yo quería ser habilidoso con la pelota, divertido con los amigos, un poco pobre, y virtuoso en el trato con las pibas. Supongo, porque nunca me lo terminó de decir, él quería ser cancherito, elocuente, “leyente” como él me llamaba cada vez que me veía con un libro bajo el brazo, de clase media y un romántico melancólico como era.

Era una amistad sin presentimientos, sin prejuicios y sin resentimientos. Todo estaba por descubrirse: el cine, el sexo, la caña Legui, la marihuana, la política en la Unidad Básica de la calle Bogotá, la desazón, el desencanto, el dolor, las tragedias, y la confusión de no saber quién es uno en el mundo. Lo único que sabíamos que ante ese mundo que se cernía sobre nuestra adolescencia como una catástrofe llena de pequeñas bellezas nos teníamos el uno al otro. Nuestra amistad era eso: un refugio, una cueva, un poncho donde cobijarnos juntos ante tanta tormenta. Fue un atardecer de domingo, en el colectivo 15, que nos llevaba desde Libertador hasta avenida de la Plata y Rivadavia, que Mariano nos puso el sobrenombre. Volvíamos del Monumental después de ver a River golear a Temperley seis a cero. Después de un partido en el que “habíamos” vapuleado al “gasolero celeste” a pura gambetas y quiebres de cintura de Morresi y con el talento elegante y las definiciones exquisitas del uruguayo. Mariano me miró y me dijo:

-¿Te diste cuenta, boludo? Nosotros somos Francescoli y Morresi…

Nos reímos felices. Como si fuera un chiste sin consecuencias. Pero al otro día, Morresi apareció con esos parches de cuerina que antes se cosían a las camisetas: un nueve y un diez. Su vieja nos bordó los números y así aparecimos en el potrero después de merendar. Morresi decretó antes los presentes:

-De ahora en más, él y yo, somos Francescoli y Morresi.

Y por alguna razón extraña, de ahí en más nos empezaron a llamar Francescoli y Morresi en ese barrio de empedrado, de casas bajas, de largos paredones de fábricas, con el rumor de fondo del tren Sarmiento cada media hora y con la música siempre presente de “sombrerito”, un viejo de “como noventa años” que todas las tardes se la pasaba silbando “Mala yunta” apoyado sobre un caño de luz y con un funyi ladeado a la derecha.

Una de esas tardes le dije a Morresi que teníamos que hacernos firmar nuestras camisetas por los Francescoli y Morresi verdaderos. Fue en el partido que River la ganó cinco a uno a Ñuls con un gol de taquito de Morresi. Inolvidable. Fútbol en estado puro. Él me miró y me dijo que eso era imposible, que nunca íbamos a llegar. “Lo intentamos”, dijo mi viejo, que nos llevó al playón del club por donde salían los jugadores a ver si lográbamos sorprenderlos. Morresi salió apurado y Francescoli nunca salió. Con un gesto de “igual no quería”, Morresi me dijo, vanidoso: “No, importa, ya la vamos a conseguir”.

Francescoli y Morresi fuimos durante todo ese maravilloso año 86, en el que River salió campeón y Argentina conquistó la Copa del Mundo más feliz de nuestra vida con ese magnífico gol de Maradona a los ingleses. Con Morresi íbamos a la cancha domingo por medio y el Monumental se convirtió en nuestra segunda casa. Nos llevaba mi viejo que, después me di cuenta, corría con todos los gastos e incluso sobre la ración de patys que Morresi devoraba como quien vuelve de una guerra. Y algo de verdad había en eso. Morresi vivía en una guerra constante contra la pobreza en su casa.

Un primer anuncio de que las cosas tienen un final, fue la noticia de que Francescoli se iba de River a mediados de 1986. Yo estaba devastado. Veía en eso una señal. Yo me iba a algún lado. Yo abandonaba. Yo me iba de River. Morresi, triste, me dijo:

-Nosotros vamos a ser amigos toda la vida, Francescoli…

-Sí, pero ahora ¿cómo vamos a hacer para que nos firmen las camisetas?

-El uruguayo alguna vez va a volver… y si no las inventamos nosotros y nos mandamos la parte…

Nos dimos la mano como dos mosqueteros y nos juramos amistad eterna.

La noche del 29 de octubre de 1986 diluviaba en Buenos Aires. Sin embargo, nunca fuimos tan felices. Salimos temprano. Mi viejo me había regalado dos plateas Belgrano altas para que fuéramos con Mariano. Tomamos el 15 sabiendo que por fin después de dos intentos, de aquella final que no habíamos visto pero que nos legaba el mote de gallinas, íbamos a ganar una Libertadores. Éramos el único equipo grande que no la teníamos, incluso la habían ganado otros equipos chicos como Argentinos y Boca. Pero nosotros, no. Teníamos ganado el partido de ida dos a uno, así que con empatar salíamos campeones. Por eso cuando el negro Enrique se tiró a los pies del jugador de América de Cali y le robó la pelota en el barro, y cuando se paró y le dio el pase largo y en diagonal al Búfalo Funes, nos empezamos a abrazar con Morresi, y con el tipo de al lado, y con otro que nunca sabremos de donde apareció, entonces Funes la paró, y se dio vuelta despacio, y se llevó la marca y, entrando en el área, definió con un tiro cruzado al otro palo del arquero y salió corriendo a festejar y oí el estruendo más hermoso y más maravilloso del universo y sus alrededores que es todo un estadio gritando el gol de un campeonato. Sentí que me perdía. Y, en realidad, perdido estaba entre los brazos de personas que no conocía, que nos apretábamos y nos besábamos y todos mojados y gritando gol, envueltos en lágrimas y empapados por la lluvia. Y ya no me acuerdo más. Sólo que vimos el partido hasta el final, abrazados con Morresi en un abrazo que hasta hoy nos une en algún cajón del alma.

La mañana del 14 de diciembre de 1986 fuimos campeones de la Intercontinental. Pero algo había cambiado. A Morresi se le había complicado la vida. La madre, porque padre no tenía, le había anunciado que si no se iban del barrio le iban a mandar el desalojo con la policía. Dos semanas después, durante los primeros días de enero, fueron desalojados por un par de camiones de infantería. Todos en el barrio vimos la escena. Algunos apoyaban la “limpieza”. la mayoría rumiaba odio e insultaba en voz baja a los desalojadores. La mamá de Morresi llevaba a sus hijos tomados de la mano. Morresi llevaba puesta la camiseta de River con el diez en la espalda. Se dio vuelta, me miró, y me hizo la señal de la Victoria con los dedos en V. Después se perdió entre los coches.

Morresi se había mudado a Parque Patricios. A los quince años cambiar de barrio es como cambiar de planeta. Nos vimos un par de veces más que vino de visita al barrio y se juntó con la barra. La primera vez vino con la camiseta con el diez de cuerina en la espalda. La segunda, muchos meses después, con una remera de Sumo. Antes de despedirnos, me dijo:

-Nunca dejés de ser Francescoli, Francescoli…

Años después, viajaba en subte rumbo a mi trabajo en el diario La Prensa, a mediados de los desangelados años noventa. Llevaba puesta una remera de los Redondos que nadie escuchaba. De atrás, alguien me dice:

-Viste que alguna vez ibas a volver, Francescoli…

Me di vuelta como quien hubiera escuchado un fantasma feliz. Nos dimos un abrazo y recordamos los viejos tiempos. Prometimos volver a juntarnos sí o sí. Me dio el teléfono de su casa y me pidió perdón porque tenía que seguir vendiendo en el subte.

-Que querés, ya no soy más Morresi… tengo que laburar… -dijo y se perdió entre los pasajeros del subte.

Tardé un par de años en llamarlo. Por cierto pudor, por esa extraña vergüenza que da haber tenido privilegios en la vida que nos pone en una situación social ventajosa frente a los pibes sin futuro que fueron los amigos del barrio. Lo llamé para saludarlo en diciembre de 1999, cuando cambiaba el milenio. Me atendió una voz de mujer sorprendida. Dudó. De fondo se escuchaban las voces de un par de chicos gritando. La mujer separó el auricular de su cara y gritó:

-¡Pará, Hernancito!!!

Y recuperó el teléfono:

-Perdón ¿quién es?

-Hola, sí, perdón, un amigo… Hernán.

La mujer hizo un silencio:

-¿Hernán, Hernán? -y preguntó- ¿Francescoli?

-Jaja… sí, sí… Francescoli…-respondí con pudor.

La mujer entre lágrimas tímidas y me dijo:

-¿No sabés nada, no?

-No, perdón…

-Mariano murió hace un año… se electrocutó haciendo unos cables en el lugar donde trabajaba…

Intercambiamos unas palabras más. Corté y me puse a llorar. Desconsoladamente. Fui al placard y del último cajón saqué la vieja camiseta de River. La camiseta que me hacía Francescoli. Ya no me entraba, por supuesto. La besé. Me prometí que la iba a hacer firmar por Francescoli y Morresi. Pero Morresi ya no estaba y yo no era más Francescoli. Todavía la tengo. Por las dudas. Por si alguna vez, ya en esta vida sin amagues ni quimeras, vuelvo a ser Francéscoli por un rato, por un ratito, al menos.