
El escritor Leopoldo Marechal nos legó obras literarias fundamentales para dialogar con la argentinidad, con toda la complejidad que ese término representa. A medida que transcurrían los años, desde 1940 a 1970, sus diferentes textos fueron construyendo una línea interpretativa de la historia argentina (¿una filosofía de la historia?) que intentó escudriñar lo que él mismo consideraba un momento fallido, un desvío, una crisis, en el proceso virtuoso que el Estado-Nación llevaba adelante desde su fundación hasta mediados de los años 50. Para acompañar ese recorrido, es necesario prestar atención a tres obras literarias fundamentales: Antígona Vélez, Adán Buenosayres y Megafón, o la guerra y, también, a dos ensayos que aparecen en Cuaderno de navegación: La autopsia de Creso y El poeta depuesto, una carta que el autor le envía a su amigo José María Castiñeira de Dios, publicada en la edición de Cuaderno que se hace años después de la recuperación democrática.
Marechal no es un personaje lineal. Y si uno pudiera sintetizar cien años de pensamiento nacionalista podrían explicarse las aventuras ideológicas de esa tradición en la parábola de “los dos Leopoldos”. Mientras Lugones ingresó a la política a través del Partido Socialista y desde posiciones no hegemónicas, realizó una peripecia que, a lo largo de su vida, lo llevó a apoyar ideas protofascistas y a defender el golpe de Estado reaccionario de 1930. Marechal, en cambio, realizó el viaje inverso: en la década del 30 respaldó al franquismo desde el nacionalismo católico y, años después, experiencia peronista mediante, terminó alentando a la Revolución cubana y en su obra póstuma Megafón, o la guerra, realizó un retrato apologético de la generación del 70.
Por esa razón, cada una de las obras de Marechal deben ser estudiadas no sólo en el contexto histórico sino fundamentalmente en el marco del proceso ideológico del propio autor. Antígona, obra de teatro que acompaña el apogeo del peronismo tiene su propio posicionamiento en lo que podríamos llamar pomposamente su filosofía de la historia. En su texto Antígona Vélez, de Leopoldo Marechal, Verónica Sanabria escribió respecto de la obra de teatro: “Nuestro propósito es examinar la idea del Estado como “comunidad (política jurídicamente) organizada” en el texto que vamos a estudiar de Marechal, quien recupera la figura, la idea de esta comunidad jurídicamente organizada en su manera de adaptar a la Argentina la tragedia clásica de Sófocles”[1].
Marechal reescribe la antigua tragedia de Sófocles situándola en la pampa argentina en la época histórica de la conquista del desierto. La Postrera es el nombre de la propiedad que en estas tierras pertenece a la familia Vélez, ahora al cuidado de Don Facunda Galván, después de que el padre de Antígona muriera luchando contra los indios. Don Facundo representa el Estado, el detentor monopólico del derecho a proclamar los valores legítimos Nuestra historia nos muestra como el Estado argentino se formó con los dueños de la tierra. Y fue quien impuso la ley. Sin embargo, continuando con la línea de la dramaturgia clásica, Antígona desobedece esa ley cuando decide, tras el enfrentamiento de sus dos hermanos, enterrar el cuerpo de Ignacio, y es condenada a muerte por Don Facundo.
Antígona Vélez es una obra de corte oficial que va a ser presentada en el Teatro Cervantes por pedido de Eva Perón. La obra relata el conflicto entre dos hermanos, uno que se sitúa del lado de los indios y el otro que mantiene su lugar como heredero del dueño de la estancia. Antígona es hermana de los dos. Ambos mueren en batalla, uno es enterrado con todos los honores por el “Estado-Nación”, en términos simbólicos, y, por otro lado, Ignacio Vélez, el rebelde, queda a campo abierto para que las aves de rapiña le coman los ojos. Antígona, imitando al personaje griego, desafía la autoridad de Facundo Galván, jefe de la partida del Estado nacional, y entierra a su hermano Ignacio. La acompaña Lisandro, el hijo de Facundo Galván, quien está enamorado de ella.
Marechal establece una alegoría interesante respecto de ambos hermanos, y una hermana que está por encima de esa dicotomía. Si Don Facundo representa a la Oligarquía construyendo el Estado-Nación, Antígona posiblemente ocupe el lugar de la Patria que, más allá de los disensos, convoca y contiene a ambos hermanos en la confrontación. También es necesario prestar atención al rol de Lisandro Galván, el hijo de la Oligarquía, que es asesinado junto con Antígona: ¿abrazaron los hijos de la Oligarquía a Antígona como hizo Lisandro?
En el texto de Antígona, esa respuesta todavía tiene un matiz optimista. Es posible que se deba a que el peronismo en el gobierno también incluía a gran parte de los hijos de la oligarquía entre sus sectores dirigentes, relación que se va a romper a lo largo de la década del cincuenta. En la obra, la prescripción del maridaje entre ambas argentinas es aún posible:
“Don Facundo: “Este pedazo de tierra se ablanda con sangre y llanto ¡que las mujeres lloren! Nosotros ponemos la sangre”.
“¿Y eso por qué? Ahí está mi razón. Porque la tierra es o no es del hombre. Y no es del hombre cuando uno la enamoró como a una novia y tiene que dejarla”
“Ahí está mi razón. Por eso me agarré yo a esta loma y no la suelto. La tierra es del hombre cuando puede nacer y morir en ella”.
Mujeres: “La llanura se nos ha convertido en un gran dolor”.
“El sur es amargo, y no deja crecer ni la espiga derecha ni el amor entero.
Hombres: “El sur es algo que se nos muere al nacer”.
Mujer 1: “Antígona debe morir, para que se cubra de flores el desierto”.
“La llanura es una guerra que no sabe dormir”
Hacia el final de la obra, Marechal prescribe esperanzado, después de la muerte de Antígona y Lisandro, en pleno apogeo del peronismo:
“Hombre 1: Señor, estos dos novios que ahora duermen aquí no le darán nietos.
Don Facundo: ¡Me los darán!
Hombre 1: ¿Cuáles?
Don Facundo: Todos los hombres y mujeres que, algún día, cosecharán en esta pampa el fruto de tanta sangre.”[2]
Ahí se encuentra el sentido del sacrificio: Antígona y Lisandro mueren para que la pampa se llene de nietos. La sangre que riega el sur, siembra futuro, que alguna vez será esplendoroso. Y esa cosecha la hace el peronismo en 1951, cuando se estrena la obra. Facundo Galván reclama un vástago de ese amor: los nietos que puedan sembrar la tierra después de este sacrificio de sangre. Marechal está convencido, justamente, de que el peronismo es el vástago de esa tragedia. Ahí se encuentra el primer capítulo de su filosofía de la historia argentina.
Sanabria escribe respecto de la obra de Marechal: “Nuestra Antígona, en cambio, reconoce que su muerte es por una razón válida, una razón “de Estado”. Desde el Estado era necesario constituir una Nación. El sacrificio que vemos en Antígona Vélez es un sacrificio que, pensando la historia en una clave fuertemente estatalista, hay que ubicar en el corazón de ese empeño, de esa necesidad. Marechal es un escritor y militante peronista, y el peronismo tiene una fuerte ideología estatalista. La institucionalización de nuestro Estado –que comenzó con la construcción del poder de Rosas en la “primera” conquista del desierto, se plasmó en la constitución de 1853 y se terminó de forjar con la presidencia de Roca en 1880- se realizó a través de las elites propietarias e intelectuales, en concordancia con la afirmación de los valores de la Iglesia, que dejó un segundo plano los del pueblo, pero durante el gobierno de Perón empezó a vestir los ropajes de esos valores morales y costumbres populares, que buscaron plasmarse formalmente en el texto de la constitución de 1949, lo que le dio todavía más fuerza a ese sitio del Estado como consagración de los valores de un pueblo. Marechal, entonces, trabaja sobre esa cosmovisión que afirma la superioridad de los valores estatales pensando en un don Facundo Galván ya no como una fuerza entre muchas posibles, como lo era Creonte, sino como la única fuerza legítima, como la afirmación, la encarnación de la idea de un poder estatal único constituyendo la historia”.[3]
Marechal, como representante intelectual del primer peronismo, de un peronismo de Orden, oficial, podríamos decir, o fiscalista, entonces, convalida el proceso de organización nacional concluido por Julio Argentino Roca, la campaña al desierto y la construcción de un Estado por parte de la Generación del Ochenta. Pero con un matiz: el sacrificio de Antígona vale la pena sí y solo sí esa Nación incluye a todos los protagonistas de la tragedia, sacrificadores y sacrificados.
Horacio González, citado por Sanabria, responde más de medio siglo después de estrenado el drama: “El sacrificio de Antígona alerta sobre una confluencia espiritual que pondría a la historia argentina sobre otras bases de realización y justicia prometidas. Todos podemos juzgar ahora la extraña situación de esta obra de Marechal: el martirio era la antesala de los frutos a obtener. Pero miramos alrededor y los frutos no se han visto”. El propio peronismo comprobó en carne propia que ese sacrificio no sólo había sido vano, sino que iba a producir repeticiones sintomáticas del sacrificio de los Vélez y los Galván.
Y fue el propio Marechal el que dio la respuesta a esa cuestión dos décadas después. En Megafón, o la guerra, publicada en los años setenta, el autor recupera la discusión. En la obra, en una rapsodia se produce “El juicio al Gran Oligarca”. Transcurrieron casi dos décadas, un golpe de Estado en 1955 y 18 años de proscripción del peronismo, desde Antígona. Marechal escribe Megafón con Juan Domingo Perón en el exilio y el peronismo prohibido. Y la relación con esa campaña, con ese desierto, con ese sur sembrado de sangre, ya es otra. Marechal recupera allí su línea para una filosofía de la historia argentina. Porque el proceso al Gran Oligarca es, en realidad, el juicio a los nietos de Galván. En esa filosofía de la historia al estilo hegeliano, habla de la generación de la revolución, de los independentistas; de la segunda generación, que es la de la “Campaña del desierto”, la que instaura el Estado Nacional; y hay una tercera generación, que es la del Gran Oligarca, que no comprende al peronismo y en esa incomprensión traiciona su misión histórica. Para Marechal, el Gran Oligarca es el descendiente de Facundo Galván, que se convierte en el estanciero y rechaza el ingreso de los sectores populares al sistema político, es decir, que procura mantenerlos a la intemperie, como el cuerpo de Ignacio, a merced de las aves de rapiña.
La acusación que Megafón y los suyos hacen al Gran Oligarca consiste fundamentalmente haber “estrangulado lo posible”, según las palabras de Cifuentes, el historiador revisionista que acompaña al protagonista en esta operación. De haberse convertido de un Patriciado a una oligarquía que copiaba las modas europeas en vez de continuar con el ejemplo de aquellos antecesores que pelearon por la independencia. Sucedió un “aborto del suceder”, es decir, se estancó el crecimiento de la Patria. Cómo define Marechal al Patriciado: “Una línea de patricios que sabe conducir a un pueblo según el orden terrestre y el celeste”. ¿Qué es una Oligarquía? “El gobierno arbitrario de una clase que usufructúa el poder en su beneficio. Un Patriciado construye: una Oligarquía destruye y se destruye”. Marechal define como “Oligarquía Final” aquella que deserta de su rol dirigencial o de “Patriciado”. Vale la pena releer la acusación:
“—¿Y de qué nos acusan? —refunfuñó el Gran Oligarca.
—De haber estrangulado “lo posible” —dijo el historiador, como preñado largamente de
una teoría—. Oigan bien: tenemos un general de la Independencia y un coronel que agarra
un desierto, le impone formas vitales y lanza consignas al futuro. ¡El “haz de lo posible”
quiere soltarse ya en la llanura, porque la Historia es también un arte de lo posible! Ante
nuestra mirada tenemos el escenario (una geografía), los actores listos (un pueblo) y la
noción del drama o la comedia que ha de representarse allí (el suceder nacional). ¡De
pronto una gran flojera, un olvido total de las consignas, un abandono del escenario, los
actores y el drama! ¿Qué sucedió aquí? ¿Un aborto del suceder?
Y Gregoria Igarzábal es el único grito de protesta que se ha levantado allá contra una
indecible frustración. Yo tuve dos hermanos, dos puntales flojos, y tuve dos hermanas
oblicuas que desertaron.
—La escena quedó vacía —gruñó Cifuentes—, y no se representó en ella el drama intuido
por un general y soñado por un coronel en el desierto. ¡Esa fue la traición de los Igarzábal!
—¿Qué podían hacer ellos en aquel escenario y con esos actores? —le objetó don Martín.
—Llevar adelante un Patriciado que se formó en las batallas.
—¿Qué cosa es un Patriciado?
—Una línea de patricios que sabe conducir a un pueblo según el orden terrestre y el
celeste. ¿Y sabe usted en qué degeneró aquel flamante patriciado de los Igarzábal? En una
Oligarquía.
—¿Qué cosa es una Oligarquía? —insistió don Martín.
—El gobierno arbitrario de una clase que usufructúa el poder en su beneficio. Un
Patriciado construye: una Oligarquía destruye y se destruye. Don Martín, aquí faltan
retratos.
—¿Cuáles?
—Los de la frustración y la traición.
—Están en el álbum familiar —se apresuró a decir el pampa Casiano—. Son daguerrotipos
auténticos.
—Y no pasarán al bronce de los héroes —dijo el historiador—. Lo que importa es definir
cómo un Patriciado naciente degenera en una Oligarquía final. Se dio el primer paso con
una “distracción” y el segundo con una “deserción”.
—¿Distracción de qué? —repuso el Gran Oligarca.
—De la escena propia, de los actores naturales, del estilo de vida en que se iniciaba el
Patriciado. Naturalmente, no se habría caído en esa distracción si los ojos del Patriciado no
se hubieran vuelto desde una interioridad viviente hacia una exterioridad ajena que lo
tentaba. Y fruto de aquella distracción, el Patriciado entró en un complejo de inferioridad
ante los estilos ajenos que lo llevó a desertar el suyo y a entregarse a una parodia ridícula
de todo lo foráneo.”[4]
Antígona es una lectura trágica pero celebratoria. Se percibe una mirada optimista porque el peronismo llegó para cosechar aquella sangre que había sembrado la tragedia. En cambio, en Megafón, o la guerra, el peronismo es una víctima más en el proceso de expulsión de lo nacional y lo popular. Marechal, en un texto muy breve que se llama “Simbolismo del Martín Fierro”, una conferencia que dio en Radio Nacional antes del intento del golpe de Estado en mayo del 55, sostiene que Martín Fierro es la conciencia dolida de lo nacional, de aquello que es expulsado en la construcción del Estado Nación, y vincula al sargento Cruz con el sector del ejército nacional que comprende la tragedia del pueblo. Y esta lógica del oficial de la partida que comprende la tragedia del pueblo y no consiente que se mate a un valiente como Martín Fierro, representa lo que Jorge Luis Borges llama la larga noche de la literatura argentina. Borges temía mucho a esa noche en la cual el sargento Cruz defiende a Martín Fierro y que Marechal hace de eso justamente un hecho festivo. En ese representante de la partida que se da vuelta uno puede ver, como en el caso de Perón, un símbolo. Marechal cruza la figura de Cruz con la figura del general del pueblo. Y no vanamente Fernando Pino Solanas, en Los hijos de Fierro, recupera esta metáfora del sargento Cruz. El sargento Cruz es un militante de las organizaciones político-militares de los 70, como el mismo Megafón.
¿Debería haber reescrito Marechal Antígona Vélez al calor de los años setenta?
Partimos de la tesis de que la literatura de Marechal realiza una filosofía de la historia. Pero es en su ensayo “La autopsia de Creso”, donde el escritor la emprende no sólo contra el Gran Oligarca sino también contra la burguesía industrial a la que acusa de caer en el materialismo. Creso representa lo material frente a lo espiritual y, la autopsia, no es otra cosa que un juicio a esa dirigencia empresarial que olvida su rol histórico, que es el de incluir económicamente a los sectores populares en el Estado Nación. De esa manera, tanto la burguesía como la oligarquía se convierten en agentes antinacionales y antipopulares que traicionan el sacrificio de los Vélez y la esperanza de los Galván.
Este arco, el de la filosofía de la historia, se cierra en Megafón, o la guerra, que es su testamento literario y político, y que consiste en un plan de acción de lo que debería realizarse para reestablecer el sacrificio de Antígona. El proceso al gran oligarca, el juicio a Aramburu en la figura del general Cabezón, las batallas culturales que lo argentino tiene que dar, son algunas de esas herramientas. En ese libro, Marechal hace un retrato de la generación del 70, representada por un personaje cuyo cuerpo desaparece al final de la novela. La idea de un cuerpo hundido en las aguas y comido por los peces proviene de la mitología egipcia, es cierto, pero no deja de ser profundamente estremecedor desde una mirada estrictamente profética.
O también puede leerse como la desaparición de cualquier tipo de amo, en el sentido hegeliano del término. ¿Es posible que la generación del 70 haya sido la última con una idea plena de lo absoluto? Es posible que Marechal lo intuya. Algo es cierto: las derrotas tanto en la batalla celestial como en la batalla terrenal que protagoniza Megafón dejan sin posibilidad de construir “absolutos” a los sectores nacionales y populares. Pese al tono cómico que lo envuelve, la novela tiene un final oscuro, aunque Megafón muera sonriendo. Muere sonriendo porque reconoce a la “novia olvidada”, que puede ser la patria, que puede ser la razón, que puede ser la teología, que puede ser un ideal absoluto. ¿O por qué no pensar que esa novia olvidada no es otra que Antígona Vélez, o al menos el sacrificio de Antígona en esa pampa, en ese sur que Marechal amaba y temía al mismo tiempo?
Esa generación significada en Megafón muere sonriendo, porque muere vislumbrando el fundamento de lo que perseguía, muere encontrando aquello que buscaba. Marechal la llama “la terrible sonrisa del caído”. El ciclo de la tragedia de Antígona se cierra con la tragedia de Megafón. Pero Megafón sonríe. No se sabe por qué. Pero una pregunta permite cierto espacio a la ilusión: ¿Sonríe porque encuentra a Antígona?
Bibliografía:
Brienza, Hernán: El Golem de Marechal. Megafón o el ser nacional. Editorial Marea, Bs.As., 2015.
Marechal, Leopoldo: Antígona Vélez, en Obras completas. Leopoldo Marechal. Editorial Perfil, 1998.
Marechal, Leopoldo: Adán Buenosayres. Edición crítica a cargo de Javier De Nacascués, Corregidor, Bs. As., 2013
Marechal, Leopoldo: Cuadernos de Navegación, Editorial Seix Barral, Bs As, 2008.
Marechal, Leopoldo: Megafón o la guerra. Editorial Sudamericana, Bs As, 1988.
Sanabria, Verónica: Antígona Vélez, de Leopoldo Marechal; en Problemas de Filosofía Social y Política, Eduardo Rinesi – Guillermo Vázquez, Editores. Editorial Brujas & Liber Books, Córdoba, 2025.
[1] Sanabria, Verónica: Antígona Vélez, de Leopoldo Marechal; en Problemas de Filosofía Social y Política, Eduardo Rinesi – Guillermo Vázquez, Editores. Editorial Brujas & Liber Books, Córdoba, 2025.
[2] Marechal, Leopoldo: Antígona Vélez, en Obras completas. Leopoldo Marechal. Editorial Perfil, 1998.
[3] Sanabria, Verónica; Op. Cit.
[4] Marechal, Leopoldo: Megafón o la guerra. Editorial Sudamericana, Bs As, 1988.
