“Reconquistemos la vida espiritual del país: por la educación de los ciudadanos, el estudio de nuestra alma colectiva y la sugestión de los viejos ideales. Y si tal cosa conseguimos, los hombres de las actuales generaciones habremos realizado, sobre el prodigio de las fábricas y las cosechas, el milagro de nuestro renacimiento nacional”. En esta frase se condensa todo el pensamiento y el sentimiento del escritor e intelectual Manuel Gálvez, un nombre obligado para recordar el Primer Centenario de Mayo. La cita pertenece a El Diario de Gabriel Quiroga, el libro fechado el 25 de mayo de 1910, y en el que el alter ego del autor es un autodidacta, un diletante que contrasta con la figura oficial del científico o del académico del positivismo de fin del siglo XIX. Firmemente antiliberal y con una mirada fuertemente católica, Gálvez experimenta la decadencia de su clase en la piel de ese personaje que atraviesa una fuerte crisis espiritual: “Así conoció la soledad de su alma, a los veinte años, este ser infinitamente sensible. Gabriel, que era en extremo tímido, aceptó casi con júbilo la situación que le propiciaban las circunstancias, y se replegó sobre sí mismo, desilusionado de los hombres y disgustado por las realidades de la vida. Entonces, comenzó a analizar su yo”. Pero eso yo “galvano” no es un yo psicológico sino el refugio de la conciencia individual. Es un hombre que perdió la fe y que necesita hallar una nueva forma cultivar la mística. Y la encuentra en el colectivo: en la “Patria”.

De la tradición positivista y liberal –línea que tiene su origen en Bartolomé Mitre y Domingo Sarmiento y uno de sus mejores exponentes en José Ingenieros- Gálvez, junto con Leopoldo Lugones y Ricardo Rojas, llevó al pensamiento argentino a un tradicionalismo que, años después, devino en el nacionalismo tanto en sus vertientes de derecha, en la década del treinta, como de izquierda, ya en los sesenta. En ese marco, Gálvez, se convierte, entonces, en el representante del tradicionalismo y del nacionalismo político que marcó culturalmente las seis décadas posteriores al Centenario.
Nacido en pleno esplendor croquista, Gálvez perteneció a una familia acomodada de Santa Fe, cuyo tío José fue durante muchos años gobernador y caudillo conservador de esa provincia. Exponente de esa aristocracia que comenzaba a declinar, se trasladó a Buenos Aires a estudiar Derecho, ciudad que aborreció desde el primer momento que la pisó. El joven Manuel era un típico hijo de esas oligarquías del interior a las que Buenos Aires les parecía una nueva reedición de Babilonia: inabarcable, cosmopolita, dependiente del comercio británico, hereje e innovadora.
El cambio de siglo lo halló en esa ciudad junto a Ricardo Rojas, con quien fundó la revista “Ideas”, que duró entre 1903 y 1905, una publicación donde encontró espacio una nueva generación literaria que se conoció como “la reacción nacionalista”. En algún punto, el grupo replicaba a la Generación del 98 española, cuyo máximo exponente fue Miguel de Unamuno, un hombre del resurgimiento nacionalista español.
Novelista, poeta, periodista, ensayista, biógrafo, dramaturgo, Gálvez alcanzó notoriedad el año del Centenario cuando publicó El diario de Gabriel Quiroga, una novela que narra el quiebre espiritual del protagonista, pero también el hastío y la decadencia cultural de una generación. De alguna manera, esa obra sirve como colofón al encuentro de una generación rioplatense: el uruguayo José Enrique Rodó la había hallado en la identidad americana de su Ariel, en 1900, Rojas, como hombre del constitucionalismo y de la educación, en La restauración nacionalista, en 1909, y Leopoldo Lugones, lo haría en 1913, con El payador, cuando realizará esa gran operación cultural de colocar al gaucho Martín Fierro a las puertas de la épica griega y como emblema refractario de la nacionalidad argentina.
En el caso del El Diario, Quiroga encuentra la patria de Gálvez en el tradicionalismo, en el arquetipo del federal del interior del país. Y hacia el final del libro, reza su credo:
“Pero frente a las ideas antitradicionalistas ha aparecido en los últimos años un sentimiento vago y complejo que aún no ha sido estrictamente definido y al que se ha llamado nacionalismo. Esta denominación no me agrada del todo. Habituados como estamos a bautizar las cosas con etiquetas francesas, ella ofrece demasiado margen a la propagación de criterios equivocados sobre la esencia y el espíritu de nuestro nacionalismo. De no estar ya en circulación esta palabra, hubiera preferido su casi homóloga tradicionalismo, que presenta sobre aquella la ventaja de sugerir ideas de pasado y de conservación.
El nacionalismo significa ante todo un amor serio y humano hacia la raza y hacia la patria. El nacionalismo no pretende anglicanizarnos ni afrancesarnos sino argentinizarnos. Nos recuerda que somos latinos, pero antes españoles, pero antes aún americanos y ante todo argentinos para que, sacando de nuestra conciencia colectiva, de nuestra estirpe y de nuestro ambiente lo argentino, lo americano, lo español y lo latino que hay en nosotros podamos, fundido todo en una fragua común, ofrecer al mundo una civilización original y propia. El nacionalismo persigue el afianzamiento del espíritu nacional, la conservación de las tradiciones, la emoción del pasado, el amor a nuestra historia, a nuestros paisajes, a nuestras costumbres, a nuestros escritores, a nuestro arte. El nacionalismo anhela la grandeza espiritual del país sin despreciar por ello los intereses materiales. El nacionalismo combate todas las causas de desnacionalización, todas las ideas, todas las instituciones y todos los hábitos que puedan, de algún modo, contribuir a la supresión de un átomo de nuestro carácter argentino. El nacionalismo es la más alta expresión del amor a la patria en los actuales momentos de nuestra civilización”.
Sin duda se trata de una prosa fogosa, de un grito de voluntad. Era el grito de una generación que quería adueñarse de esa nación.
Gálvez o la voz de la tradición ¿restauradora?
“Desde entonces no hemos vuelto a tener un Sarmiento ni un López ni un Mitre ni un José Hernández. En aquellos tiempos nuestras fuerzas eran escasas pero el alma era noble y vivía en el ensueño de grandes ideales. Ahora sólo queremos ser poderosos, ricos y sanos. Hemos olvidado por completo la intensa vida espiritual de antaño; todo por el efímero propósito de hacer lo que aquellos adolescentes de que hablaba: engordar. Reconquistemos la vida espiritual del país: por la educación de los ciudadanos, el estudio de nuestra alma colectiva y la sugestión de los viejos ideales. Y si tal cosa conseguimos, los hombres de las actuales generaciones habremos realizado, sobre el prodigio de las fábricas y las cosechas, el milagro de nuestro renacimiento nacional”.
Un hombre podría juzgarse también por sus anhelos, además de por sus actos y sus escritos. El final de la biografía de Hipólito Yrigoyen, publicada en 1938, desnuda los sueños del padre del nacionalismo tradicionalista argentino. Dice Gálvez del caudillo radical que “su nombre será una bandera para todos los que deseamos menos diferencia entre las clases, para los que creemos que el Espíritu debe primar por sobre los valores materiales y para los que soñamos con ver la Patria libre de las garras extrañas que la han privado de su independencia económica y moral”. Ese, era, justamente, su sueño.
Espiritualista, Gálvez plasma en el Diario de Gabriel Quiroga su ideario político. Católico, unas décadas después escribirá en la revista Criterio, verá en la inmigración europea afincada en Buenos Aires muchos de los males que aquejaban en la decadencia del Orden Conservador. Dirá Gálvez de su alter ego en el prólogo:
“Gabriel Quiroga es patriota porque lleva muy dentro de sí mismo el sentimiento de la patria y de la nación. Sus antepasados le transmitieron sin saberlo ese tan criollo rencor atávico al extranjero; pero el rencor, en su alma civilizada y buena, ostenta la apariencia del egoísmo nacional. Gabriel Quiroga es patriota porque ama el suelo de nuestra tierra, cuyo paisaje siente intensamente con emoción de patria y de arte. Gabriel Quiroga es patriota porque ha penetrado cariñosamente en el espíritu de las provincias y comprendido la acerba tristeza de las razas vencidas. Gabriel Quiroga es patriota porque, en las viejas ciudades y en las aldeas primitivas, ha aspirado el incienso venerable de la tradición colonial y estremecídose hasta las raíces del alma con la honda poesía de las músicas nacionales. Gabriel Quiroga es patriota, finalmente porque tiene el sentido de nuestra historia, venera a nuestros hombres representativos y anhela que llegue a ser la república: gloriosa de ideales y fecunda en virtudes”.
Y el protagonista dirá en las primeras páginas:
“El patriotismo es un sentimiento profundo que, teniendo mucho de irrazonado, se confunde con el instinto. Por esto, solo existe realmente en los pueblos de alma propia, donde el tipo de hombre es producto genuino del suelo, de la raza y del ambiente. Tales individuos constituyen una síntesis de la conciencia nacional y el patriotismo sin que ellos lo sepan y aun a pesar de ellos mismos. Nosotros carecemos de patriotismo porque nuestra naturaleza de pueblo superficial y secundario nos impide vivir en el alma nacional y porque somos muy pocos los individuos que, en medio del cosmopolitismo y de la desnacionalización actuales, podemos comprender a la Patria y sentir que, dentro de nosotros mismos, llevamos algo de ella misteriosamente”.
El diario es un libro más que interesante de leer. Porque expone los sueños conscientes y al mismo tiempo expone las oscuridades del propio autor. Es un libro profundamente humano y contradictorio. Para Gálvez, el alma argentina hay que rastrearla en “las escasas tradiciones que conservamos, en unos cuantos libros exiguamente representativos y en la vida de aquellos pocos pueblos donde no ha penetrado la civilización contemporánea”. Y esos elementos se encuentras en los pueblos de las provincias más alejados de Buenos Aires –“ciudad cosmopolita, de materialismo escéptico, costumbres de pueblo sin personalidad y moral canallesca de ciudad tentacular (…) una imitación torpe y ridícula de aquellas ciudades europeas (…) de un materialismo repugnante”-. Por eso al “territorio espiritual” hay que “ponerle fuego por los cuatro costados (…) y cuando el fuego haya hecho su obra purificadora y devastadora, recién entonces quedará el país preparado para que abramos en su espíritu surcos profundos y para que sembremos ideales”. Y para Quiroga/Gálvez el mayor desafío es el siguiente: “En la hora presente, gobernar es argentinizar”.
Gálvez es un hijo asustado de las clases dominantes provinciales. Pero es mucho más eso. Es el mejor representante del conservadurismo popular hispano católico. Teme a la modernización, por eso se refugia en la tradición, pero también el pasado le sirve como lugar desde el cual juzgar los resultados de las políticas inmigratorias del Proceso de Organización Nacional; el pasado es ese No Lugar donde no existen los bulliciosos inmigrantes europeos que desnacionalizan la patria. La xenofobia galvesiana llega incluso a arremeter contra el protestantismo y el Ejército de Salvación, ya que aconseja erradicarlos y echarlos del país.
En el texto Edmund Burke, redescubriendo a un genio, de Russel Kirk, el autor sostiene:
“Siguiendo el modelo de Burke, un político conservador es aquel que
combina la disposición para preservar con la capacidad para reformar. El
texto clave en el que se encuentra la definición de este concepto se halla en
sus Reflexiones sobre la Revolución en Francia, en relación con su denuncia
de la Asamblea Nacional. Es aquí en donde se apunta la esencia de la política
conservadora de Burke.
El arrebato y el frenesí pueden destruir más en media hora de lo que la
prudencia, la deliberación y la previsión pueden construir en cien años. Los
errores y los defectos de las viejas instituciones son visibles y palpables. No
se necesita mucha inteligencia para señalarlos; y cuando se dispone de un
poder absoluto, basta con una palabra para abolir esas instituciones. Esa
misma disposición, pesada pero incansable, que ama el caos y detesta la
serenidad, guía a los políticos cuando se dedican a sustitur lo que han
destruido. No hay problema con aquello que nunca se ha intentado. No puede
existir una crítica que trate de descubrir los defectos de lo que no ha existido.
De este modo, tanto el entusiasmo ávido como la esperanza engañosa tienen
campo abierto para explayarse sin apenas oposición.
Pero preservar y reformar son cosas completamente diferentes. Cuando se
preservan las partes útiles de una vieja institución, encajando lo nuevo con lo
que se ha mantenido, se ejercita la habilidad para comparar y combinar, y se
ponen en juego los recursos de una comprensión fructífera. Es necesario que
se complementen todos esos elementos para poder enfrentarse a la fuerza de
los vicios adversos, a la obstinación que rechaza cualquier tipo de mejora, y a
la frivolidad que se cansa y se aburre con cuanto posee. Pero se puede objetar
a todo esto: ´Un proceso de semejante índole lleva mucho tiempo. No está
hecho para presentarlo en una asamblea en la que se pretenda llevar a cabo en
pocos meses lo que costó siglos elaborar. Un tipo de reforma así requiere
muchos años´. Naturalmente que los requerirá, y debe ser así. Es ésta una de
las excelencias de un método en el que el tiempo forma parte del proceso, ya
que la operación es lenta y, en algunos casos, casi imperceptible. Si bien es
prudente y sabio que actuemos con circunspección y cautela cuando
trabajamos con la materia inanimada -porque también eso es parte de nuestro
deber-, cuando el objeto de nuestra demolición y de la posterior
reconstrucción no son piedras ni ladrillos sino seres vivientes, una súbita
alteración de su estado, de su condición y de sus costumbres puede llevar la
desgracia a mucha gente”.
Mucho se ha hablado ya sobre la generación de intelectuales de las primeras décadas del siglo XX. Allí conviven conservadores, tradicionalistas, nacionalistas elitistas, fascistas, reaccionarios y neorrepublicanos. No es objetivo de este trabajo la categorización de las diferentes ramas de esa producción intelectual sino la de concentrarse en el tradicionalismo galvesiano y, de alguna manera, intentar conceptualizar su Diario de Gabriel Quiroga dentro de lo que se podría denominar un “tradicionalismo restaurador”.
Albert Hirschman sostiene que las corrientes conservadoras son aquellas que consideran que a) “actuar frente a un problema empeora ese mismo problema (tesis de la perversidad), b) actuar frente a un problema lo mantiene igual (tesis de la futilidad), c) actuar frente a un problema trastoca otro o el conjunto (tesis del riesgo). Es un gran punto desde el cual analizar el pensamiento conservador sin el prejuicio moral o ideológico tan propio del sentido común que sostiene que el conservadorismo es sólo una teoría política que sirve para esconder los intereses ocultos de, por ejemplo, profundizar la concentración de la riqueza o su apropiación por parte de las elites económicas. También podría pensarse que el pensamiento conservador es una cosmovisión legítima del mundo que consiste en que hay un orden establecido regido por un principio determinado –la naturaleza, la tradición, los mandatos de un Dios, el mercado- y que cualquier intento por trastocar ese orden es un acto de injusticia. Por supuesto que ese orden tiene dispuesto beneficiarios y perjudicados y que los primeros son, generalmente, los más proclives a la mantención de ese estado de cosas, pero no es menos cierto que la tesis de la perversión, la futilidad y el riesgo deber ser por lo menos atendidas para un debate profundo sobre la acción política: ¿Estamos seguros que mejoramos el mundo cuando intervenimos? ¿Estamos seguros que hacemos más justo ese mundo o creamos futuras injusticias? Jorge Luis Borges escribió en su texto El desierto: “A unos trescientos o cuatrocientos metros de la Pirámide me incliné, tomé un puñado de arena, lo dejé caer silenciosamente un poco más lejos y dije en voz baja: Estoy modificando el Sahara. El hecho era mínimo, pero las no ingeniosas palabras eran exactas y pensé que había sido necesaria toda mi vida para que yo pudiera decirlas. La memoria de aquel momento es una de las más significativas de mi estadía en Egipto”. Nada hay más conservador que el terror borgeano al “efecto mariposa”.
A partir de esta forma de pensar lo conservador, Hirschman concluye que la diferencia entre un conservador y un reaccionario no es que éste último sea un ultra conservador, sino que es aquel que intenta “contragolpear para reordenar”, o es “la pretensión de querer volver atrás, hacia un pasado inexistente, mediante la violencia política radical”. Por supuesto, estas definiciones tienen su problemática para el uso en investigación social pero bien pueden ser utilizadas para el análisis político coloquial.
De lo que trata este trabajo es de comprender el discurso se Gálvez dentro de las doctrinas conservadoras –la búsqueda de un fundamento inamovible, perenne, sabio, en la tradición, reconocida como un complejo cultural y ¿espiritual? de un pueblo o una nación-, de reconocer una intencionalidad de volver el tiempo atrás –una tensión reaccionaria- pero al mismo tiempo de restablecer o restaurar en el futuro un fundamento constitutivo preñado de pasado, es cierto, pero cargado de futuro. En ese sentido, Gálvez comprende al tradicionalismo no como mero gesto museológico sino como un proyecto político renovador, superador del estado de cosas del Primer Centenario. ¿Intenta Gálvez restaurar el pasado? Definitivamente, no. Simplemente busca en esa tradición, la que vive “en la música de los pueblos norteños”, se respira “en las noches de las ciudades del interior”, en el “espíritu de los pueblos vencidos”, en la “civilización hispana y católica”, la potencia transformadora para la construcción una “Nueva Argentina”. Renovar, refundar, restaurar, son las acciones que están en el proyecto salesiano. Pero ese tradicionalismo no es una mera restauración de una jerarquía social de antaño, al contrario, es la reestructuración espiritual que encuentra en el pueblo, el sustrato de la tradición para Gálvez, el fundamento del futuro para la nación. Tal vez Gálvez sea un restauracionista más que un conservador o un tradicionalista –o quizás todo tradicionalista lo sea- restaurador. Entiendo por restauracionista, a aquella doctrina política que encuentra la “utopía” en la recomposición del espíritu original de una idea, un movimiento político, una doctrina, para volver a él y convertirlo en proyecto a futuro. Es definitiva, recuperar un momento fundamental en el pasado para darle vida en el futuro. De esa manera encontramos en que la voluntad transformadora no proviene de una quietud conservadora o de una recomposición jerárquica sino de una profunda revolución de un espíritu original de las cosas. Con Gálvez podríamos decir que el fundamento original está en permanente estado posible de revolucionarlo todo. Volver al espíritu original significa restaurar lo fundamental.
Bibliografía
Burke, Edmund: Reflexiones sobre la revolución en Francia, Alianza editorial, Madrid, 2022.
Devoto, Fernando J.: Nacionalismo, fascismo y tradicionalismo en la Argentina moderna. Una historia. Siglo XXI Editores, Bs.As., 2002.
Gálvez, Manuel: El diario de Gabriel Quiroga. Taurus, Bs. As., 2001.
Kirk, Russel: Edmund Burke. Redescubriendo a un genio. Ciudadela Libros, Madrid, 2007.
