El Peronismo y la excepcionalidad de la conducción política

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La célebre cita de Karl von Clausewitz que sostiene que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”[1] ha sido repetida hasta el aburrimiento, incluso hasta hacerle perder todos sus sentidos posibles, porque por supuesto tiene más de un sentido aceptable. La primera dirección de esa frase es la lógica consecutiva: la política antecede a la guerra; la segunda es de conexión eventual: la guerra sucede a la política sí y solo sí, la segunda fracasa, por lo tanto la relación no es sucesiva ni tampoco es inevitable. Una tercera concepción podría afirmar que son dos términos excluyentes: allí donde hay guerra no hay política o, también, donde hay guerra no debería interferir en la guerra. Pero el militar y teórico prusiano fue mucho más sutil y entreverado al mismo tiempo: “Vemos, por lo tanto, que la guerra no es simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de la actividad política, una realización de la misma por otros medios”. Por lo tanto, para él, la guerra tiene un rol instrumental y subordinado al verdadero arte que es el de la acción política.

En el apartado 23, Clausewitz sostiene que “la guerra no es un pasatiempo, ni es una simple pasión por la osadía y el triunfo ni el resultado de un entusiasmo sin trabas; es un medio serio para un fin serio. Todo ese encanto del azar que exhibe todos esos estremecimientos de pasión, valor, imaginación y entusiasmo que asimila, son solamente propiedades particulares de este medio. La guerra de una comunidad -guerra de naciones enteras y particularmente de naciones civilizadas- surge siempre de una circunstancia política, y se pone de manifiesto por un motivo político. Por lo tanto, es un acto político. Ahora bien, si en sí misma fuera un acto completo e inalterable, una manifestación absoluta de violencia, como tuvimos que deducir de su concepción pura, desde el momento en que se pone de manifiesto por la política, tomaría el lugar de la política y como algo completamente independiente de ella la dejaría a un lado y solo se regiría por sus propias leyes”. Como en una definición que se persigue a sí misma, para el autor, la guerra, que en un principio es un instrumento de la política tiene, a su vez, una instrumentación que es independiente de la política a la que responde. La guerra guarda una correlación subordinada pero se trata de un vínculo con otro tipo de leyes, de lógicas, acciones y, por lo tanto, de cierta autonomía a la hora de llevar adelante su desarrollo.  

“Vemos, por lo tanto, que la guerra no es simplemente un acto político –afirma el historiador y estratega prusiano-, sino un verdadero instrumento político, una continuación de la actividad política, una realización de la misma por otros medios. La que queda aún de peculiar a la guerra se refiere solamente al carácter peculiar de los medios que utiliza. El arte de la guerra en general y el jefe en cada caso particular, pueden exigir que las tendencias y los planes políticos no sean incompatibles con estos medios y esta no es insignificante, pero por más que reaccione poderosamente en casos particulares sobre los designios políticos, debe considerársela siempre solo como una modificación de los mismos: el propósito político es el objetivo, mientras que la guerra es el medio, y el medio no puede ser nunca considerado separadamente del objetivo”.

La cita es contundente. Lo que es necesario desentramar ahora es si es posible invertir los factores del pensamiento de Clausewitz, es decir, si la política puede pensarse a partir de la instrumentalización de la guerra, es decir, ¿puede la guerra prestarle algunos de sus instrumentos a la política? ¿Puede el liderazgo político recuperar como herramientas las tácticas y estrategias que usa un general en plena batalla o en un conflicto bélico prolongado? Y la primera cuestión a desentramar es si la lógica absoluta de la guerra –los pares amigo/enemigo o victoria/derrota- son posibles de utilizar dentro del juego político, más allá de un simple divertimento o especulación instrumental. Las respuestas negativas a esta pregunta serán performadas por concepciones democráticas de corte liberales y consensualistas de la política. Pero el siglo XX ha sido pletórico en ejemplos en los que la concepción smichtteana enlazó las lógicas absolutas a la acción política y de los principios absolutos.

Para acercar esos principios basta con leer la clásica cita de Carl Schmitt, en su texto El concepto de lo político[2]. En ese trabajo, el filósofo y jurista alemán expresa: “El sentido de la distinción amigo-enemigo es marcar el grado máximo de intensidad de una unión o separación, de una asociación o disociación. Y este criterio puede sostenerse tanto en la teoría como en la práctica sin necesidad de aplicar simultáneamente todas aquellas otras distinciones morales, estéticas, económicas y demás. El enemigo político no necesita ser moralmente malo, ni estéticamente feo; no hace falta que se erija en competidor económico, e incluso puede tener sus ventajas hacer negocios con él. Simplemente es el otro, el extraño, y para determinar su esencia basta con que sea existencialmente distinto y extraño en un sentido particularmente intensivo”. Esa lógica absoluta de Schmitt nos permitiría transpolar el uso de ciertas fórmulas de la estrategia militar a la conducción política. Y así lo entendieron algunos de los líderes más importantes del siglo XX.​ 

Sin dudas uno de los líderes revolucionarios –quizás por su condición de tal- que más equiparó la política con la guerra fue Vladimir Illich Uliánov, Lenín. Más allá de la obvia alusión a la “lucha de clases” y la obvia estrategia revolucionaria que llevó adelante el principal líder bolchevique, es ya sabido que gran parte de su teoría del liderazgo político lo extrajo de las lecturas de Clausewitz. En el texto Clausewitz en el pensamiento marxista[3], en la introducción escrita por Otto Braun, se establece que “es evidente que los apuntes tomados de De la guerra tienen un notable interés a los fines de la presente investigación. Ellos, en efecto, contribuyen en medida no indiferente a aclarar la relación Lenin-Clausewitz, a establecer si existe o no un “clausewitzismo” leninista y, eventualmente, a individualizar su naturaleza, límites, orígenes, así como los posibles reflejos sobre el pensamiento y la acción política del partido bolchevique y de todo el movimiento comunista y obrero internacional (…) Dicho cuaderno no consiste en un resumen más o menos orgánico de las teorías del general prusiano, sino simplemente en anotaciones sobre tesis, juicios y observaciones de Clausewitz. Los párrafos clausewitzianos y sus correspondientes comentarios conciernen generalmente a algunos temas fundamentales: el nexo entre guerra y política, las cuestiones relativas a la defensiva y a la ofensiva, las relativas al método de indagación filosófica y a su carácter dialéctico, los factores morales, la función del estado mayor, las relaciones entre los pueblos y la guerra”.

Y en Argentina quien mejor usufructo hizo de la relación entre liderazgo político y estrategia militar fue, posiblemente por su origen castrense, el tres veces presidente de la Nación Juan Domingo Perón. Y el libro en el que especifica ese vínculo fue en las célebres conferencias que ofreció en el Comando Superior Justicialista en el mes de junio de 1951. En esas alocuciones, que se convirtieron en su libro más leído o al menos más citado –Conducción Política[4]– Perón ofrece una de las aplicaciones más completa del uso de la estrategia militar a la arena política.

El sociólogo y ensayista Horacio González, justamente en el prólogo de esa edición establece el vínculo entre ambos tipos de liderazgos. “Las conferencias de Perón agrupadas bajo el nombre de Conducción política –sostiene el autor de Restos pampeanos- corresponden a un vasto movimiento de pasaje de la lógica militar a la lógica política, sin que se pierda la continuidad entre ambas, a la manera de Clausewitz. Extraño momento éste, menos por el tema político que aborda para transferir sus Apuntes de historia militar a la vía política propiamente dicha, que por ser el propio presidente de la república el que habla para explicar una situación que es la suya propia. Los tratados sobre el Príncipe solían ser escritos por autores que insistían en que no eran el “príncipe” ni tampoco el “pueblo” sino escritores especializados en la política y los asuntos de Estado que, a modo de instrucciones, advertencias o aforismos, reunían el saber disponible sobre un grave tema que en verdad era una gran pregunta: ¿la relación entre los hombres llamados por la política envuelve una ética, una estética o una sagacidad? En todo caso, esas interrogaciones se volcaban sobre la idea de una naturaleza humana –que también era necesario saber cuánto cambiaba en relación al cambio de los tiempos– y sobre un complejo anímico que heredaba las grandes visiones sobre las pasiones que ocuparon a los filósofos de la guerra o de la moral en todos los momentos de la historia”.

Pero lentamente, González se adentra en una de las preocupaciones que los van a acompañar hasta sus últimos trabajos: el de la excepcionalidad del conductor y, por sobre todo, la pretensión de que esa excepcionalidad no pueda ser cuestionada, “El conductor lo es porque, quizás antes que ninguna otra cosa, se pregunta si es posible construir una estructura moral en la historia. Esa “estructura” es la incógnita central de la conducción, entendida como la presencia de la mirada abarcadora del jefe en las conciencias que moldea y en las cuales se disuelve. Una cosa porque la otra. Y siempre porque los conocimientos son inesperados y pueden muchas veces revestir formas espurias, intrascendentes u oscuras, porque gustan de presentarse equívocamente ante los hombres. Así, el conductor es la fusión entre estrategia y moral, entre sabiduría y vislumbre natural. En su figura se funden ambas dimensiones. Pero siempre en el tembladeral de la historia, en la sucesión de aforismos que resumen la historia, hecha de frases e invariancias, de esfuerzos frustrados y de sabidurías inesperadas. Es debido a esa trama moral como estrategia, que no hay valores particularistas preexistentes. La conducción política no supone una cartilla de reglas inspiradas en el deber ser. Esa trama moral en acto es la que hace de la historia política un suceso que crea su forma moral a cada instante. No es amoralidad sino búsqueda inagotable de una forma moral esquiva”.

Lo que González despunta en este prólogo, y luego va a desarrollar en el último capítulo de su obra póstuma Humanismo. Impugnación y resistencia[5], es la sospecha de que la reclamación de excepcionalidad que Perón hace para sí mismo en Conducción política está, al menos reñida o puesta en debate, con la concepción democrática y participativa de los movimientos políticos y sociales de la segunda mitad del siglo XX. González deja entrever que “ese saber de la batalla” aplicado por el conductor a la política pareciera esmerilar la “la autonomía del sujeto social” que él mismo representa.

La cuestión de la excepcionalidad del líder o del conductor ya no depende de valores morales, ideológicos, interpretativos, identitarios o incluso de construcciones históricas. El propio Perón en Conducción política nos da la clave de la legitimidad de esa reclamación: “En el arte de la conducción hay sólo una cosa cierta. Las empresas se juzgan por los éxitos, por sus resultados. Podríamos decir nosotros, qué maravillosa conducción; pero si fracaso, de qué sirve. La conducción es un arte de ejecución simple: acierta el que gana y desacierta el que pierde. Y no hay otra cosa que hacer. La suprema elocuencia de la conducción está en que si es buena, resulta, y si es mala, no resulta. Y es mala porque no resulta y es buena porque resulta. Juzgamos todo empíricamente por sus resultados. Todas las demás consideraciones son macanas”.

En pocas palabras, “conduce el que gana y el que gana, conduce”.

Y justamente este es el punto que González pone en cuestión en el último capítulo de su libro sobre el Humanismo: “La idea de ´conducción´, que se sitúa ´más allá del bien y del mal´, o sea de propio ejercicio profesional de la política, supone un ideal de articulación de demandas´ pero, al revés de Laclau, donde este ve un significante vacío, la conducción es el equivalente conceptual de la figura hedónico-trágica del jefe. Parte exquisita de la historia militar, el concepto de conducción es una adaptación de la figura clásica del estratega, que está al margen de las ideologías, y que sostiene la batalla entre el tiempo y la sangre política”.

La pregunta que deberíamos hacernos detrás de la preocupación de González sobre el arte de conducción es si la reclamación de excepcionalidad del conductor no es en sí misma un esmerilamiento de la acción política, un recorte del campo de acción de los distintos sujetos sociales reunidos bajo un liderazgo y cuyos pliegues, contradicciones, sutilezas, pero también las disputas ideológicas e incluso morales son sometidos la lógica resultadista y la instrumentalización del estratega. Por supuesto, que en tiempos “revolucionarios”, de proscripciones, de dictaduras y golpes de Estado, esa reclamación hace efectivo y eficiente el arte de la conducción. Lo que deberíamos preguntarnos, hoy, es si ese principio de exclusividad pretendida por un liderazgo no cuestiona la razón participativa de las mayorías e incluso la democracia interna de los propios movimientos políticos y sociales que dice representar. A la pregunta de si es posible transpolar las cualidades del liderazgo político y de la conducción militar, es necesario agregar una variable situacional: la calidad democrática de las sociedades donde esos liderazgos se desenvuelven. De esa manera, en momentos históricos blindados, los límites entre los dos tipos de liderazgos se hagan más débiles, más sutiles, sus elementos sean más intrincados, mientras que en momentos de mayor laxitud decisional, de mayor calidad y de mayor alcance de las zonas democráticas, las concepciones estratégicas devenidas de las artes de la guerra se constituyan, justamente, en impedimento o en recorte de la acción política.   


[1] Clausewitz, Karl von, De La Guerra. Universidad Militar Bolivariana de Venezuela, Fondo Editorial Hormiguero.

[2] Schmitt, Carl: El concepto de lo político. Alianza Editorial S.A., Madrid, 1991

[3] Lenín y otros, Clausewitz en el pensamiento marxista, en Cuadernos de Pasado y Presente, Editorial Siglo XXI, México D.F,, 1979.

[4] Perón, Juan Domingo; Conducción Política. Edición de la Biblioteca del Congreso de La Nación, Bs.As. 2011.

[5] González, Horacio: Humanismo. Impugnación y resistencia. Editorial Colihue, CABA, 2021.